Sobre mí - Tomás Rébora
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Sobre mí

Nací en Córdoba, en la Argentina del 78, bajo la sombra de la dictadura. Tuve la suerte de pasar mi infancia entre ríos, arroyos, acequias, bosques y mis lindas sierras, ajeno a casi todas las realidades.

 

Estudié medicina y, en el 2002, cansado de las desigualdades sociales, de la corrupción y de esa Argentina que vive en sociedades paralelas que hacen todo lo posible para no tocarse, mirarse, ni cruzarse entre ellas, me auto-exilié en España.

 

Reconozco que también me sacudió el miedo de verme incapaz de no formar parte de ese sistema, lo cual facilitó la decisión de dejar una vida atrás.

 

Con el perfume de sus azahares, sus calles mojadas y ese cielo de invierno en el cual parece no caber más luz, Granada me recibió para convertirse en uno de mis puntos de referencia. Entre noches de Tertulia, charlas, cañas, tango, flamenco y nuevos amigos, terminé por definir mi personalidad. Mientras, Argentina quedaba poco a poco más atrás.

 

Tras dos años de un máster en urgencias que me dejó más amigos que formación e infinidad de amaneceres conduciendo hacia las Alpujarras -donde descubrí el amor por la medicina de familia-, me trasladé a Barcelona para poder empezar uno de mis sueños y mi excusa para hacerme médico: trabajar y vivir en África.

 

Después de terminar mi tercer máster (en medicina tropical), el 2007 me encontró en Binde, región norte de Ghana. Allí, de la mano de Manolo, que formaba parte de la orden de los Padres Blanco y llevaba ya tres décadas en África, aprendí entre otras cosas que en las negras noches africanas la única forma que tienes de reconocer a los amigos es a través de la luz de su sonrisa.

 

Después de nueve meses, durante los que recibí mucho más de lo que di, y por problemas entre tribus de la región, cambié de destino, pero no de continente. Aterricé entonces en Mbini (Guinea Ecuatorial). Aquel fue mi primer acercamiento al mar y a la selva. Guinea me dejó recuerdos profundos y gratos, muchos amigos y una sensación de haber regresado a la niñez, a esos lugares salvajes donde uno se siente aun más pequeño.

 

Innumerables son las vivencias que aún hoy en día me siguen vinculado con África. Ese continente me marcó el alma. Me enseñó que el cristal que separa lo que uno ve o lee de lo que uno vive es demasiado grueso; y que distorsiona la realidad. Me enseñó que las cosas hay que vivirlas para entenderlas.

 

En cada uno de aquellos regresos de alguno de esos lugares, era la fotografía la que me ayudaba a contar cada una de las historias vividas.

 

Regresé a Granada a saldar deudas de formación: la residencia de Medicina de Familia. Después de 4 años, con mi especialidad bajo el brazo e historias inconclusas, puse rumbo a tierra de alisios y volcanes, tierra que me llenó de sal el pelo y el alma.

 

La isla de Lanzarote vio parir mi única casa y mi primer libro de fotografía, Caminos ajenos, cajón de sastre de los últimos diez años de mi vida como viajero.

 

En estos años, esa curiosidad por el mundo y por los que en él habitan llevó a mi espíritu y a mi cámara a recorrer diversos lugares. Portugal, Francia, Inglaterra, Alemania, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Italia, Holanda, Suiza, Polonia, Rusia, Marruecos, Estados Unidos, México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia fueron algunos de ellos. Y también Brasil, que me dejó vivir en uno de sus rincones más profundos, Manaos, ciudad con olor a calor húmedo y nostalgia de caucho.

 

Cuba, Vietnam, Camboya, Laos y Tailandia me dejaron el sabor tan dulce y especial de recorrer sus tierras a golpe de pedal. Descubrí así esa forma de viajar en la que el tiempo pasa lo suficientemente despacio para poder sentir la lluvia sobre la espalda y los brotes de hierba bajo los pies.

 

Como ya apuntaba en Caminos ajenos, cuando uno se atreve a vivir realmente la vida, “se arriesga a encontrar un lugar que nos haga más felices que aquel del que parten los viajes”.

 

Es ahora el momento de empezar a vivir este nuevo sueño: unir Alaska con Ushuaia, unirlas con la delgada huella que deja una rueda de bicicleta al pasar por el camino.

About me

I was born in Córdoba; in the Argentina of 1978, in the shadow of the dictatorship. I was lucky enough to spend my childhood among rivers, ditches, streams and my beautiful mountains, unaware of almost every reality.

 

I studied medicine. And in 2002, tired of social inequalities, of corruption and of that Argentina which lives in parallel societies that make everything possible to avoid touching each other, looking at each other and running across each other, I exiled myself to Spain.

 

I admit I was also shaken by the fear of being unable to not be a part of that system, which made easier my decision of putting a whole life behind me.

 

With the perfume of its orange blossoms, its wet streets and that winter sky in which no more light seems to fit, Granada welcomed me to become one of my points of reference. Amid nights of Tertulia, chats, beers, tango, flamenco and new friends, I finished defining my personality. Meanwhile, Argentina became little by little further away.

 

After two years of studying a master’s degree in emergency medicine that left me with more friends than training and endless dawns driving towards the Alpujarras –where I discovered my love for family practice-, I moved to Barcelona in order to start one of my dreams and my excuse to become a doctor: working and living in Africa.

 

Once I had finished my third master’s degree (in tropical medicine), the year 2007 found me in Binde, in northern Ghana. There, hand in hand with Manolo – who was part of the Padres Blanco order and had been in Africa for three decades-, I learnt among other things that in the dark African nights the only way to recognize your friends is through the light of their smile. After nine months -during which I received much more than what I gave, and due to problems among tribes-, I moved countries, but not continent. I then landed in Mbini (Equatorial Guinea). That was my first approach to the sea and the jungle. Guinea gave me profound and pleasant memories, many friends and the feeling of going back to childhood, to those wild places where one feels even smaller.

 

The experiences that still today bond me with Africa are countless. That continent left its mark on my soul. It taught me that the glass that divides what you see or read from what you live is too thick; and that it distorts reality. Africa taught me there are things you need to live in order to understand them.

 

In every return from each of those places, photography helped me telling every story I had lived.

 

I went back to Granada to settle an education debt: the residency in Family Practice. Four years later, with my residency and unfinished stories in my pocket, I set course towards a land of trade winds and volcanoes. And that land filled with salt both my hair and my soul.

 

The island of Lanzarote witnessed the birth of my only house and of my first book of photography, Caminos ajenos, which is a mishmash of the past ten years of my life as a traveler.

 

Along these years, the curiosity for the world and those who inhabit it guided my spirit and my camera through many places. Portugal, France, England, Germany, the Czech Republic, Slovakia, Hungary, Italy, Holland, Switzerland, Poland, Russia, Morocco, the United States, Mexico, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panama, Colombia, Ecuador, Peru and Bolivia are some of the places I visited. And also Brazil, which allowed me to live in one of its most hidden corners, Manaos, a city with a smell of wet heat and nostalgia of rubber.

 

Cuba, Vietnam, Cambodia, Laos and Thailand left in my mouth the sweet and special taste of going across their lands with the blow of a pedal. That is how I discovered this way of travelling in which time passes slowly enough to feel the rain drops on your back and the sprouts of grass under your feet.

 

As I already stated in Caminos ajenos, when you dare to truly live life, “you risk finding a place that will make you happier than the one where your trip began”.

 

Now is the time to start living this new dream: connecting Alaska and Ushuaia through the thin trace a bicycle’s wheel draws on the path.